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miércoles, 7 de mayo de 2014

Hombre (y mujer), él te ha declarado lo que es bueno,
lo que pide Jehová de ti:
solamente hacer justicia,
amar misericordia
y humillarte ante tu Dios. 
Miqueas 6.8

Tres cosas pide Dios de nosotros. Y quiero enfatizar que jamás nos las hubiera pedido si primero no nos hubiera dado testimonio.

Hay varios ejemplos en la Biblia, pero hoy sólo mencionaré a David el salmista.

Este hombre maravilloso, valiente, de buen parecer, vanguardista, creativo, fuerte guerrero y aún así lo suficientemente sensible como para escribir poesía, y el único hombre al cual se refieren como "conforme al corazón de Dios", fue capaz de cometer atrocidades. Así es, codició, adulteró, mintió y finalmente asesinó. (2 Samuel 12)

Si tuviéramos oportunidad de hablar personalmente, frente a frente con él, podríamos decirle: "David ¿Por qué lo hiciste?". Y con justo derecho reclamar. Pero no así nuestro Dios. Al ver su humillación y el corazón realmente arrepentido, le perdonó y jamás el asunto se volvió a mencionar. Es que, así es nuestro Dios.

El muestra su amor para con nosotros y su inmensa misericordia. De hecho, es ella lo que da sentido a la vida, pues son tantas las veces que fallamos  que, a veces, aún nosotros mismos nos desaprobamos.

Hay quienes han decidido quitarse la vida por una falta que no pueden perdonar, se han dejado llevar por la culpa y la depresión, que ojalá supieran que hay misericordia y que hay perdón sin importar la magnitud del error. En verdad lo digo, no importa la magnitud. Para Dios no hay pecado grande o pequeño, todo pecado se le llama como tal, y es perdonado si hay arrepentimiento.

De ahí la importancia de conocer lo que dice la Biblia (manual de la vida).
Pero no es suficiente conocer, sino practicar. Porque la Palabra sin testimonio no tiene respaldo. Por ahí dicen que un acto habla más que mil palabras. Así que a actuar se ha dicho.

Y se me ha hablado fuerte. Tal vez Dios lee mi blog. (Un comentario demasiado arrogante, lo sé, me disculpo por eso) Pero he entendido que debo mirar a través de los ojos de la misericordia aunque tenga todo el derecho de reclamar y decir ¿"por qué lo hiciste?".

Si quiero tener el respaldo divino, tendré que ser congruente. Tuve que sacar todos aquellos recuerdos dolorosos y en mi mente, mirar a los ojos a cada persona que me lastimó, no fue fácil debo decir. Pero tuve que elevar una plegaria: "Dios mio, ayúdame a mirar a través de tu misericordia".

Y fue su ayuda la que me hizo decir: "Miro con misericordia a: ___________. Una vez más te perdono".

No lo sé, a veces tendremos que perdonarnos a nosotros mismos también, y tal vez debamos hacerlo una y otra vez, una y otra vez con cada persona que nos lastimó hasta que el proceso de sanidad termine. Sabré que ha terminado cuando el recuerdo sea solo eso, un recuerdo y que no despierte ningún tipo de sentimientos. Como aquella cicatriz que nos recuerda que alguna vez hubo una herida sangrante, pero que ahora, aunque quedó la marca, no hay más dolor.

Lo sé es un escrito diferente, pero supongo que es así como se derriba el aire de arrogancia con la que alguna vez escribí. He comprendido que en la vida hay que moverse con fuerza y cierta gracia, pero al mismo tiempo asegurarse de tener el corazón libre de rencor.

Misericordia es la estrategia.

Re-aprendiendo grandes y sencillas verdades,
Martha Martínez de Valle.

Mayo, 2014.


lunes, 28 de abril de 2014

...perdonar.

Insisto. Puedo percibir las oscuras intenciones en esas elaboradas palabras.
Mortales sutilezas dirigidas con extremada precisión.
Pero no lloraré. El arte consiste en no dejar que esas lanzas penetren el alma.

Y me he vuelto diestra, no por voluntad propia, por superveniencia tal vez,
y por una mano fuerte, una palabra firme y una presencia fiel a lo largo de la existencia.

Tuve que aprender a bailar al ritmo de miradas y sonrisas, con cierta gracia, cierta agilidad
sabiendo en el fondo la verdad. Pero sucumbir no era opción, tenía que seguir, la música no paraba de sonar. Era necesario bailar y bailar.

Y la recurrente pregunta siempre sin respuestas: ¿por qué?

Aún con mil dudas  tener que seguir, avanzar hasta llegar hacia aquella inalcanzable luz llamada felicidad.
Y entre la oscuridad seguir avanzando, mientras por segundos se iluminaba la vida con deslumbrantes destellos recordándome que no era posible descansar, este no es el lugar, estirarse y alcanzar hasta llegar, llegar a la meta, a aquel lugar.

Tropezar y llorar, avanzar a tientas y rodar, un golpe bajo tal vez y el aliento que escapa y parece desvanecer. Pero habrá que continuar, la música sigue y hay que bailar. Mover los pies con la gracia de una gacela, sonreír y los brazos levantar para volver a abrazar.

Gentilmente esquivar y bailar, y volver a esquivar sin olvidar sonreír y la mirada no agachar. Tal vez por ser mi vida un constante entrenamiento del aprender a perdonar, puedo decir que no te conozco, pero gracias a ti, aprendí a bailar.


Perdonando otra vez,
Martha Martínez de Valle.
Abril 2014.